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de la saga

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República de Sombras · Documentos de acceso restringido

Índice de documentos
DOC 01 Salazar · Capítulo 1 Disponible
DOC 02 Relato: La noche de Miñambres Próximamente
DOC 03 El mapa de la ucronia Próximamente
DOC 04 Lambert · Adelanto Capítulo 1 Próximamente
Documento 01 · Salazar · Capítulo 1

Aunque ya había amanecido, gritos y vítores aún entraban por las ventanas. Los calabozos del ministerio olían a humedad y orines. Una mancha negra trepaba por la pared del fondo. Por cuarta vez en diez minutos, Giráldez consultó el reloj. Le sudaban las manos.

De servicio el día después de la victoria. Con una docena de celdas llenas de borrachos. Y en una de ellas, roncando pierna suelta, el comisario Salazar.

Manero, el sargento de noche, había salido disparado al dejarle el relevo.

—Tienes un regalito de los buenos —le gritó el cabrón saliente.

¡Y vaya si era un regalito!

En los calabozos se hacinaban, de a ocho, soldaditos peleones a los que el alcohol no había sentado bien. Pero en la celda seis solo había dos hombres. Y lo jodido de la puñetera celda seis era que allí estaba uno de los oficiales más duros y cabrones de todo el Ejército Popular.

Por el momento, tanto el comisario como su acompañante, un cabo grande como un gorila, dormían con el abandono de quien lleva cien años sin pegar ojo.

Repasó a fondo el informe de la trifulca, pero no encontró mácula alguna: el preso había empezado a golpear a un grupo de oficiales de marina al grito de «¡me cago en la marina, me cago en Prieto!». Documentado al detalle. Muy soviético, el jodido informe.

Todos los agredidos habían mostrado la intención de denunciar al comisario Salazar. A pesar de la insistencia del oficial de la Guardia de Asalto de dejar correr el asunto, los marinos no cedieron ni un palmo en su empeño.

Y lo peor era que, salvo los tres o cuatro veteranos que habían tomado partido por Salazar, las declaraciones del resto de parroquianos fueron taxativas: el comisario había arremetido contra el grupo de marinos, secundado por el cabo Miñambres. Y allí estaban: detenidos, dormidos.

Consultó el reloj, inquieto. El fresco de la primavera empañaba los cristalitos de los bajos del Ministerio de Guerra. En un día normal faltarían pocos minutos para que hiciera acto de presencia uno de los jueces de guardia. Pero aquel no era un día normal, y la duda lo corroía. ¿Llegaría algún juez? ¿Aparecería alguien del ministerio para hacerse cargo del problema?

Giráldez, antiguo guardia civil, leal de primera hornada a la República, había sobrevivido a la purga del 37, había visto hombres morir sin pestañear. Y ahora le temblaban las manos pensando en despertar a un borracho.

Asentó el culo en la silla tapizada. Fijó la mirada en el cuarto del cuerpo de guardia, al otro lado del cristal. El cabo y los cuatro guardias, sentados en círculo, fumaban y cuchicheaban sin parar. Eso tampoco ayudaba mucho a los nervios del sargento, aunque no los culpaba: si él, su jefe, estaba atemorizado, era normal que ellos estuvieran cagados de miedo.

Decidió despejar un poco la mente. Fingió buscar algo en el cajón y, con disimulo, se atizó un lingotazo de coñac de una petaca desgastada. Agitó la cabeza con un pequeño espasmo mientras el escalofrío del alcohol le recorría desde el estómago hasta la nuca.

Estiró el Heraldo de Madrid , calentito, recién horneado, sobre la mesa. Alguna ventaja tenía trabajar en el ministerio: los diarios llegaban rápido; de la imprenta al despacho.

En primera página, el Día de la Victoria y fotografía del general Cabanellas firmando el armisticio.

Bufó, negando con la cabeza. Para él, la guerra había terminado meses atrás, cuando el general Rojo tomó Sevilla y mandó fusilar a Queipo. Lo de Galicia fue un último coletazo sangriento.

La prensa celebraba haber acabado con aquella resistencia final en suelo gallego como una gesta. Sabía que en realidad había sido una carnicería: allí se habían atrincherado los restos más fanáticos, moros y falangistas sin otra salida que morir o escapar a Portugal antes de que se cerraran las fronteras.

Hojeó las noticias breves y se detuvo en Azaña: reconstrucción, poco más. Esperaba algo más hondo. En cultura, un anuncio limpio y luminoso: Lorca volvía en mayo y la Xirgu repondría Yerma en el Teatro Nacional. Pensó en Pepa, en comprar entradas; y siguió.

Del cuerpo de guardia venía un olorcito a café aguachinado que no lograba tapar el hedor rancio del pasillo. Estiró las piernas, desperezándose, y sintió ganas de fumar. Sin embargo, no tuvo tiempo de sacar el cigarrillo de su descolorida pitillera: la puerta que conectaba los calabozos con el ministerio se abrió de golpe, dejando entrar un soplo de aire fresco.

Distinguió al juez Berdasco al atravesarla, seguido por dos hombres de abrigos negros: uno flaco y pálido como un bisturí; el otro ancho, con cuello de toro y mandíbula firme. Avanzaron los tres con paso decidido hacia él. Se incorporó y abrió la puerta. Sin decir palabra, Berdasco ocupó la silla donde hacía unos segundos descansaba el sargento. Apartó con disgusto el Heraldo de Madrid y convidó a sus acompañantes a sentarse. Un olor a cuero nuevo invadió el despacho.

No tenía buena opinión de Berdasco. Era un comunista recalcitrante, con fama de tener un olfato especial para detectar quintacolumnistas. Durante la purga de la Guardia Civil leal, en el 37, había encarcelado a varios amigos suyos, poco sospechosos de colaborar con el enemigo, pero, a la vez, muy poco amigos del Partido Comunista.

—Tráeme a Salazar —ordenó con frialdad, sin levantar la vista de un legajo de papeles extraído de su maletín negro. El sargento permaneció quieto. Pasados unos segundos, el juez apartó los documentos y clavó la vista en el pálido Giráldez.

—¿Algún problema de sordera? ¡Que me traigas a Salazar, cojones!

—Pero es que sigue dormido… —balbuceó el sargento.

Berdasco pareció implosionar. Su cara se tornó granate y la boca formó un rictus aterrador. No gritó. La explosión fue hacia dentro. Giráldez hubiera jurado que la temperatura del despacho había bajado un par de grados solo con aquella mirada gélida.

—Mira, sargento, me han sacado de la cama cuando no llevaba más que un par de horas. ¿Sabes lo que quiero, camarada? Quiero volver a casa. Y no solo porque es domingo, que también: es el día después de la victoria, camarada, así que no me toques los huevos o te meto un paquete que no levantas cabeza. ¿Estamos?

Asintió. Los acompañantes del juez lo miraban con desprecio.

—¡Pues tráeme a Salazar, la madre que te parió!

Salazar cayó pesadamente en el asiento, soltando un suspiro quejoso. Palpó la ceja partida y torció el gesto, pero no dijo nada. No formuló queja alguna cuando el sargento de guardia le despertó con ligeras sacudidas. Al contrario, escuchó atentamente las explicaciones de un demudado Giráldez, a quien siguió con paso lento pero firme hasta el despacho.

Berdasco hizo un gesto para que el sargento abandonara la sala y cerrara la puerta. Observó el rostro de Salazar, desperezándose.

Olía a borracho, y eso era lo mejor que el juez podía decir de él. A pesar de la tentación de mostrar su mala hostia, se contuvo. Sabía muy bien que debía medir sus palabras: el tipo mal afeitado, mal aseado y peor encarado seguía contando con valedores poderosos, empezando por algunos barandas del propio Ministerio de Guerra.

—Buenos días. Soy el juez Aníbal Berdasco —saludó.

—Sé quién eres. No tendrás tabaco, ¿verdad? Y un poco de agua también me vendría bien.

Salazar lo miró a los ojos, y Berdasco se sintió agitado por un momento. Rebuscó en el fondo de su maletín y lanzó, un poco más fuerte de lo necesario, un paquete de cigarrillos americanos con boquilla; un lujo poco proletario que el comisario atrapó con buenos reflejos.

Con lentitud exasperante, Salazar encendió el pitillo y aspiró dos o tres caladas seguidas que casi lo consumieron hasta la mitad.

—Buen tabaco, cojones. No como el puñetero cuarterón, que te desencaja los pulmones —exclamó—. ¿Puedo…? —preguntó al juez mientras hacía el gesto de guardarse la cajetilla.

Luego, sin pedir permiso, agarró con poca delicadeza la jarra de agua que descansaba encima de la mesa y bebió un trago largo, que parecía no tener fin; la nuez de la garganta subiendo y bajando con ruidos sordos.

Los dos rusos se revolvieron, inquietos. Berdasco movía la mano con disimulo, pidiendo calma.

—Camarada Salazar, tú y el cabo Manuel Miñambres habéis sido denunciados por varios camaradas, oficiales de la marina de la República, que aseguran que anoche los golpeasteis sin provocación; además de proferir graves insultos y amenazas al ministro de Guerra y al cuerpo en general. ¿Tienes algo que decir al respecto?

Salazar parecía más interesado en encender otro cigarrillo que en escuchar las acusaciones.

—Pues no lo sé, no recuerdo nada. Anoche bebí mucho celebrando —dijo con un tono irónico que no pasó desapercibido para Berdasco—. Pero, de todos modos, no sé qué interés tiene una trifulca de bar para un juez como tú, ni por qué te acompaña la NKVD. Ruso, ¿verdad? —preguntó al del cuello de toro, sentado a su derecha, que le devolvió una mirada desafiante—. Rebyata iz Lubyanki, vas legko uznat —remató para sorpresa del juez y de los otros dos, que se revolvieron en los asientos.

El comisario lanzó una risa seca.

—Tranquilo, que no les he mentado a la madre. Solo les he dicho que tienen un buen corte de pelo.

—Vienen en comisión de enlace —aclaró Berdasco, seco. No estaba dispuesto a perder el control. Carraspeó y puso lo mejor de todos sus años de oficio para salir airoso de aquel trance.

—Tienes razón, Salazar. Lo normal es que un juez de guardia se hubiera hecho cargo, saliendo tú de aquí al mediodía con una reprimenda que te pasarías por el forro de los cojones.

La sonrisa socarrona de Salazar le hizo entender que la grosería había hecho gracia, así que, como buen acusador que era, preparó palo después de la zanahoria.

—Pero tenemos un problema. Resulta que un teniente de marina salió peor parado en tu festejo de anoche. Ahora mismo sigue ingresado con la pierna y la nariz rotas. Teniente Mario Ospina. ¿Te suena el apellido?

Desapareció la mueca burlona de la cara del comisario.

—Te suena, ¿verdad? Has acertado. Se trata del hijo del contralmirante Ospina.

Tardó unos segundos en recuperarse. Aquello no tenía ni puñetera gracia. El contralmirante Ospina era jefe de Estado Mayor de la Armada, un tipo engolado y estúpido, comunista de última hora al rebufo de la victoria, pero con muchos y muy buenos contactos.

—Del uno al diez, ¿cuán jodido estoy? —trató de ironizar Salazar.

Berdasco se inclinó hacia delante y respondió sin pestañear:

—Muy jodido, comisario. Y créeme, si dependiera del contralmirante, ya estarías frente a una tapia. Pero tienes buena hoja de servicios, y debe haber gente que te tiene aprecio, o qué sé yo, porque para que me saque el mismo Álvarez del Vayo de la cama y me pida prudencia…

Álvarez del Vayo le caía como una patada en los cojones, pero si intercedía por él era que alguien le estaba haciendo un favor gordo. Pensó en Hernández Sarabia, en Pepe: tenía que haber sido Pepe. Salazar sonrió; su antiguo jefe en la defensa de Madrid ya le había sacado de muchas. Lo mismo libraba también aquella.

—No te alegres tanto ni tan pronto —continuó Berdasco—. Eres reincidente y no puedes salir de rositas; provocaría un problema serio con la Armada, y nadie quiere eso. Podríamos ir a consejo de guerra, y te garantizo que te caería una pena importante con cualquier magistrado, pero —el juez suspiró sin darse cuenta— ese consejo de guerra tampoco parece conveniente, así que se te propone un trato.

Salazar encendió otro cigarrillo y animó con un gesto para que continuara.

—Doce meses para ti en el campo de reeducación de Valmuel, y dos años en el penal del Dueso para el cabo Miñambres.

El comisario chasqueó la lengua, pero no dijo nada. Una pequeña cucaracha cruzó, veloz, por debajo de la mesa, atrayendo la atención de uno de los rusos, que, rápido, lanzó un pisotón que destripó al bicho, dejando una mancha parduzca en el suelo. En todo el proceso no dejó de mirar con fijeza al comisario.

—Mira, señor juez, voy a aceptar, pero con una condición: al cabo Miñambres se le reduce la pena y se le manda conmigo al campo ese de reeducación. Si no accedes, me niego. Vamos a consejo de guerra y, si me tienen que fusilar, pues me fusilan.

Berdasco no se inmutó. Las instrucciones de arriba eran claras —Salazar a Valmuel—, pero la condena al cabo Miñambres la había pensado a la vez que redactaba el acuerdo, ya que no había recibido instrucciones al respecto. Encogió los hombros y aceptó.

—Me parece bien —dijo—. Modificaré el documento ahora mismo.

Con un gesto llamó a Giráldez, que, junto al resto de la guardia, se mantenía atento al otro lado del cristal. El sargento llegó, veloz.

—Dime, camarada.

—¿Tienes una máquina de escribir?

En lugar de responder, Giráldez caminó hacia un armario de metal, del que sacó la funda de cuero negro de una Olivetti. Cerró la puerta con el pie, se acercó y la colocó sobre la mesa con cuidado, como si depositara un arma.

Berdasco levantó la tapa. El metal estaba manchado de tinta y polvo de grafito. Giró el rodillo y dejó a mano una cinta bicolor, negra y roja, gastada en los bordes. Con precisión casi quirúrgica, alineó el documento sobre el carro, comparando los márgenes como un artillero que calibra su pieza.

Con la uña del pulgar raspó despacio la línea que quería borrar. El papel crujió. Giráldez le tendió el trocito de goma dura, impregnado en alcohol, con el que solían borrar las erratas. El juez, suavemente, retiró la película de tinta letra a letra, hasta dejar un hueco mate, casi translúcido.

La máquina cobró vida con un clic metálico. El golpe de cada tipo sonó como una detonación controlada: clac, clac, clac... cling. El olor a tinta, aunque tenue, se hizo presente. Escribió la nueva frase sin pestañear, las letras hundiéndose sobre la piel raspada del papel.

Al acabar, levantó el documento y lo observó al trasluz. La línea vieja era apenas una sombra bajo la nueva.

—Así está bien —dijo, bajando la palanca del carro.

Y el cling final pareció el disparo que sellaba la sentencia.

Salazar leyó por encima, sin mostrar emoción. Firmó con la parsimonia de quien se apunta a algo que no va con él. Solo alzó una ceja cuando vio a uno de los rusos recoger la copia con los dedos manchados de nicotina.

Al ponerse todos de pie, el ruso más delgado sacó unas esposas relucientes del interior del abrigo mientras mandíbula firme guardaba la mano, amenazante, dentro del bolsillo.

—Vamos a llevarnos bien, amigo —espetó el comisario.

Berdasco intervino sin alzar la voz:

—Eso no será necesario, camarada.

—Oye, señor juez, una cosa —dijo, volviéndose antes de cruzar la puerta—: ¿dónde cojones está ese campo de Valmuel?

—En Teruel.

Una larga y sonora ventosidad atravesó el cuerpo de guardia desde la celda seis. Salazar lanzó una carcajada. Miñambres se había despertado.

—A Teruel, pues —espetó, sonriente.

Giráldez se repantigó en su silla con un suspiro largo. Salazar ya no era su problema. Solo quedaban soldados borrachos en los calabozos. Sacó la petaca y dio un último trago, pensando en Pepa, en las entradas para ver a la Xirgu en mayo.

Treinta días después, una bomba lo haría pedazos en ese mismo despacho. Sería el primer oficial republicano asesinado por la guerrilla fascista.

Pero esa mañana de abril, solo pensaba en que el resto del turno iba a ser tranquilo.

Más documentos en camino.

Estamos preparando nuevos archivos — relatos del universo, el mapa de la ucronia y adelantos del próximo volumen.

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