República de Sombras · Vol. I · Lectura gratuita

Capítulo 0

Salazar · Norberto Viñas

El centinela nacional cayó de rodillas con un gorgoteo húmedo. Miñambres retiró el cuchillo y el cuerpo muerto se desplomó, sin ruido; solo el chop chop de las gotas sobre el suelo. Noche negra, sin luna. A treinta metros, la trinchera nacional: parapeto de sacos, alambre de espino, luz mortecina filtrándose por una tronera.

Miñambres escupió sangre del enemigo y limpió el filo contra la pernera. Miró a Salazar y levantó dos dedos.

Dos minutos.

Detrás, ocultos entre los eucaliptos, ocho hombres esperaban la señal. La última operación de la guerra.

Salazar rodó sobre el costado y sintió el pinchazo de siempre: la bala que seguía alojada entre la quinta y sexta costilla desde Teruel. El barro le cubría medio rostro y goteaba desde el pelo revuelto. Cuarenta y dos años, metro setenta y cinco, sesenta y cinco kilos en mojado de nervio y mala leche. Demasiado mayor para estar jugándose el cuello en una trinchera gallega, pero állí estaba.

La lluvia fina les empapaba los uniformes. Una bruma de eucalipto despejaba las narices y el aire entraba como cuchillas. Bajo el cuerpo, la tierra parecía reclamarlos para sí.

—Tengo los huevos encogidos como dos canicas.

El comisario miró al Limón, que tiritaba con los dientes apretados. Aún con la cara cubierta de lodo, el tono amarillo de la ictericia destacaba en la oscuridad.

—Es que hace un frío de cojones —susurró Lorenzo, cuya mata de pelo antirreglamentaria se desparramaba sobre los ojos, dándole aire de perro pachón.

—Callaos, coño —siseó Salazar—. Dos minutos y saltamos.

Una gotera constante desde lo alto de los árboles le martilleaba la cabeza. El plac-plac del agua en su nuca marcaba cada segundo. Justo antes de llegar a los dos minutos, sintió un leve codazo en el brazo derecho.

—¿Vamos o qué? —preguntó con voz baja Malaguita.

Jodido Malaguita; pecoso cagaprisas, siempre tan atento.

—Tú primero —contestó y levantó la mano, poniendo en alerta al grupo.

Los ocho hombres se tensaron entre los eucaliptos.

Malaguita saltó primero, la bolsa de granadas golpeándole el costado. Aterrizó sin ruido y rodó contra el parapeto. Dos. Tres. El Limón con la mochila rebotando en la espalda. Cuatro. Cinco. Seis. Lorenzo tropezó al saltar en silencio; el rostro blanco de miedo bajo el barro. Siete. Ocho. El último desapareció en la oscuridad.

Nueve hombres dentro. Lo habían hecho tantas veces…

Salazar apretó los puños y se impulsó hacia adelante. Me toca.

Corrió, encorvado, los treinta metros. Podía ver la cabezota de Miñambres asomarse regularmente, vigilando su carrera. Llegó al borde.

Y entonces estalló una bengala. Blanco. Cegador. Como el día.

Ráfagas cortas, precisas. Se tiró al suelo y el golpe le vació los pulmones. Sacó el PPD, apretó el gatillo. El subfusil le vibró en las manos. Casquillos calientes rebotaron contra su cara.

Dentro, gritos.

—¡A mí la Legión, hijos de puta!

El estómago se le fue a los pies.

—¡Lejías, son lejías! —gritó Miñambres desde el interior de la zanja.

El comisario recargó. No había tenido tiempo ni de saltar a la trinchera. Disparaba contra los fogonazos al frente, a menos de veinte metros.

Malaguita apareció en el borde del parapeto. Cara de sorpresa, el pecho era una flor roja. La bolsa de granadas todavía colgaba de su hombro. Se desplomó sin un grito. Rebotó una vez. Muerto.

Unos metros dentro, otro de los soldados —¿López? ¿Rebollo?— salió despedido del parapeto.

Dos muertos. Siete dentro.

Salazar vació el cargador hacia las troneras. El PPD quemaba. Giró sobre sí mismo y rodó dentro de la trinchera.

Caos: gritos, explosiones, balazos. Miñambres aullaba órdenes.

Poco a poco, balanceándose, la bengala dejó de dar luz. Las sombras crecieron.

Había caído sobre el cuerpo de Malaguita. Cara con cara. Rodó para apartarse del cadáver. La sangre no se distinguía ahora del barro.

—¡Comisario, aquí! —Miñambres lo agarró del correaje y lo obligó a incorporarse. Con la otra mano, como un titán, arrancó la bolsa de granadas del muerto.

Avanzaron, notando el zumbido maligno de las balas por encima de sus cabezas. Sortearon otro cuerpo y Salazar confirmó que era Rebollo. Le faltaba media cara.

Cinco hombres apelotonados tres metros más allá. Lorenzo disparaba como un energúmeno, apoyando el cargador del subfusil en un pequeño saliente para ganar estabilidad.

El resto respiraban como animales. Se levantaban y a ciegas disparaban hacia el primer reducto de la trinchera, a menos de diez metros.

—¿Cuántos? —jadeó Salazar.

—No lo sé. Pero legionarios de los de verdad, comisario. ¡Me cago en las infiltraciones de rutina!

El comisario apretó la mandíbula. Allí solo tendría que haber habido reclutas desmoralizados. Soldados nacionales cansados de una guerra perdida. Siempre según el SIM. Pero no. Lejías, los putos lejías.

Una ráfaga pasó rozando. Barro, astillas, fragmentos de tela de saco terrero llovieron sobre ellos. Miró hacia atrás. Treinta metros de oscuridad hasta los eucaliptos. Salir era morir en campo abierto. Miró hacia adelante. La trinchera giraba a la izquierda y luego a la derecha. Un reducto en cada calle.

—Para atrás no es opción —escupió—. Solo queda adelante.

Miñambres lo escudriñó y asintió despacio. Iba a decir algo pero Lorenzo cayó encima de él, con las manos en el cuello. La bala le había atravesado la garganta. Borboteó. Intentó decir algo; solo salió un fluido rojo por la boca.

Sus rodillas golpearon el suelo, luego se dobló para atrás.

—¡Hijos de puta! —Bramó el Limón. Tomó el lugar del herido y vació un cargador contra el reducto en un instante.

Acomodaron el cuerpo inerte de Lorenzo en medio de la tormenta de balas. Sentado. Tan pálido que parecía brillar en la oscuridad por entre la costra de barro y sangre. Las manos sobre el regazo.

Miñambres sacaba granadas de la bolsa de Malaguita.

—¿Quién lanza?

—Tú y yo. López y Rosendo limpian. El resto cubre —ordenó Salazar a voz en grito.

Quitaron los pasadores con los dientes. Las granadas volaron. Tres segundos. Las explosiones estallaron juntas. Fogonazo naranja. Humo. Gritos.

—¡Ahora!

López corrió, pegado a la izquierda del parapeto. Rosendo a la derecha. Recorrieron diez metros a tiros. El humo flotaba, denso. Limón cubría con fuego alto hacia el reducto.

Salazar avanzó con Miñambres. La trinchera era estrecha; metro y medio como mucho. López y Rosendo recargaron. Con cuidado, metieron las bocas de las armas por las troneras, dispararon hasta que sonó el clang de cargador vacío.

Tres cadáveres dentro. Dos destrozados por las granadas. El tercero con dos balazos en el pecho.

Cuando Salazar entró, López recargaba y Rosendo revisaba los cuerpos con el pie. Algo se movió bajo los sacos. Un legionario. Levantó el brazo. Pistola. Disparo.

La bala entró por la sien de Rosendo y salió por el otro lado.

López reaccionó instintivamente soltando un chorro de balas. El legionario saltó con cada impacto hasta quedar desmadejado entre los sacos que había usado de cobertura.

Rosendo no se movía. Un ojo abierto, el otro vaciado.

Cuatro muertos. Seis vivos.

Salazar apoyó la espalda contra la pared ennegrecida del cubículo. Los pulmones le ardían.

—¿Cuántas granadas?

Miñambres revisó la bolsa.

—Tres.

El comisario asomó la cabeza por la puerta reventada. La trinchera seguía. Giraba a la derecha. Veinte metros más allá, el segundo reducto.

Desde allí llegó un grito.

—¡Arriba España!

Ráfaga. Salazar se tiró al suelo.

López, de pie, miraba el cadáver de Rosendo.

—Joder —susurró—. Joder, joder, joder.

—López, céntrate.

El soldado parpadeó. Las manos le temblaban.

Miñambres se frotó los ojos.

—Mierda de humo. Hay que seguir.

Salazar miró a los cinco que le quedaban. De diez a seis.

—Espera un poco, cabo. Coged aire. Limón, vigila la puerta.

Bebieron agua de las cantimploras de latón. Alguno se refrescó y limpió la mugre de su rostro. El humo se iba despejando en aquel cinco por cuatro de vigas de madera y tierra apisonada. Los disparos habían cesado.

Miñambres miraba, incrédulo, en dirección al segundo reducto.

—¿Se habrán ido?

Salazar se encogió de hombros.

—Puede, me extraña, pero puede. ¿Quién cojones quiere morir cuando esta mierda ya se acaba?

López parecía haber recuperado algo de ánimo y colocaba bien las piernas de Rosendo, en ángulo grotesco tras la caída.

—Comisario. Esto está lleno de cadáveres. ¿Podemos salir? —dijo, una vez terminada la tarea.

Miró de reojo. Casi había más muertos que vivos en veinte metros cuadrados. Dio la orden.

—Vamos con cuidado. Atentos a las trampas. Abrid, López y Velarde; cierran Piñas y el Limón. Limpiamos y volvemos a por nuestros muertos.

El comisario y Miñambres avanzaban cinco metros detrás de López y Velarde, dejando que ellos abrieran camino por la trinchera abandonada. Iban encorvados, ojos fijos en el suelo embarrado, buscando los cables trampa. Profesionales. Lentos. Metódicos.

López señaló con la mano un cable fino como un pelo cruzando el pasillo a ras de barro. Velarde ya lo estaba bordeando en el momento en que Salazar captó un brillo extraño en el parapeto superior.

Levantó la vista justo cuando Velarde cruzaba el segundo cable. El verdadero. A la altura del hombro.

No hubo clic.

—¡Aba...!

La granada dibujó un arco perfecto desde el parapeto, directo a la espalda de Velarde. Stielhandgranate .

López tuvo tiempo de volverse. Sus ojos encontraron los del comisario. No había miedo en ellos, solo sorpresa. La explosión lo convirtió todo en niebla roja.

Luego nada.

Salazar escupió tierra y se pegó al parapeto, con los oídos zumbando. Cable que liberaba contrapeso, no palanca. Espoleta instantánea, no retardada. Lejías.

Intentaba ponerse en pie, cuando oyó el grito.

—¡Arriba España, cabrones!

No venía del segundo reducto. Venía de arriba.

Levantó la cabeza justo a tiempo de ver siluetas oscuras recortadas contra el cielo. Saltaban desde el exterior. Habían salido de la trinchera y rodeado esta por fuera.

El primero cayó como un saco de piedras sobre el Piñas, que ni siquiera tuvo tiempo de gritar. El legionario sacó un cuchillo y se lo hundió en el costado. Una. Dos. Tres veces. Rápido, profesional, brutal. El Piñas se desplomó sin un sonido.

El segundo aterrizó junto al Limón. Rodaron juntos en el barro. Puñetazos. Cabezazos. El Limón consiguió alcanzar su pala corta y sacudió un palazo de través en la pierna del otro, que aulló. Pero el legionario no soltó el machete, que más parecía una espada. Giros, gritos, cortes, sangre…

Salazar intentó sacar el Nagant de su funda. Los dedos torpes, aún aturdidos por la explosión.

Algo le golpeó por detrás con la fuerza de un ariete. Un peso brutal. Cayó de bruces, la cara hundida en el barro. Una mano enorme le agarró del pelo y tiró hacia atrás. Otra le rodeó el cuello. Presión.

Salazar intentó girar la cabeza. No podía. Intentó sacar el cuchillo. Los dedos no llegaban. El antebrazo del legionario le aplastaba la tráquea como una barra de hierro.

No había aire. Los pulmones ardían. Pataleó. Inútil. El hombre pesaba el doble que él. Podía oler hasta su sudor.

Todo se volvió rojo en los bordes. Luego gris. Las piernas dejaron de responder.

Voy a morir aquí. Voy a morir.

Y entonces el peso desapareció de golpe.

Aire. Tosió, jadeó, escupió barro. Rodó a un costado, los pulmones ardiendo.

Miñambres le había arrancado al legionario de encima. Ahora estaban de pie, separados por un metro de trinchera embarrada. El legionario era enorme. Galones de Sargento. Casco de acero sucio. Hombros como vigas de roble. Un armario de músculo y odio. Miñambres le tiró un derechazo a la mandíbula.

El sargento lo bloqueó con el antebrazo y le devolvió un puñetazo en plena boca.

Crac. Crujido de hueso y esmalte.

Miñambres escupió sangre y dientes que saltaron al barro. Se derrumbó de frente, aturdido.

El sargento levantó la bota para rematarlo. Sonreía.

Salazar, desde el suelo, sacó el Nagant del correaje. Le temblaba la mano. Aún no podía respirar bien.

—Eh.

El legionario se giró. La sonrisa todavía en la cara.

Salazar disparó.

La bala entró a la altura del corazón. El hombre cayó hacia atrás como un árbol talado.

Silencio absoluto.

Salazar no podía dejar de temblar. Miñambres, en el suelo, trataba de recuperarse. El Limón a su lado, con las manos sobre el costado rajado, respirando en jadeos cortos, había rebanado el cuello de su rival a palazos, pero no parecía estar mucho más entero que el muerto.

El Piñas inerte, cosido a puñaladas.

La última operación de la guerra.

Por el rabillo del ojo, Salazar vio a los dos legionarios que quedaban vivos. Jadeantes, como ellos. Llenos de barro y sangre como ellos.

Habían tenido bastante. Todos.

Se retiraron, sin dejar de mirarlo, pero nadie hizo nada por continuar la pelea. Al cabo de unos segundos, se perdieron por el fondo de la trinchera.

Limón, semiinconsciente, se quejaba con gruñidos cada vez que Miñambres trataba de restañarle la sangre de los cortes.

—Está jodido. Hay que sacarlo de aquí.

Salazar asintió. Comenzaba a clarear en aquella trinchera perdida en un bosque de eucaliptos de Galicia. Quedaban tres de diez.

Prólogo

Salazar había desarrollado la rara maña de enrollar el cigarrillo con una sola mano. Lo hacía de tal forma que el pitillo quedaba prieto, tanto que a veces no tiraba bien y había que dar caladas a pulmón. Liar tabaco así requería habilidad. Una habilidad que mantuvo intacta incluso cuando todo lo demás se iba a la mierda en las trincheras. Una habilidad que desaparecía con el alcohol; y esa noche llevaba muchas copas de desventaja.

El perfume de tabaco negro y anís saturaban el bar. Afuera, las sirenas aún aullaban, y por las ventanas entraban fragmentos de canciones, vítores, un rumor de ciudad que por primera vez en años respiraba después de haber contenido el aliento. Hasta las paredes sudaban calor y júbilo.

Miró de reojo la botella medio vacía y luego bufó, para espantar el mareo. Se concentró tanto en su mano derecha que, durante un instante, los ruidos del bar parecieron esfumarse. El cigarrillo fue tomando forma entre los dedos, aunque él arrugó el papel dos veces antes de lograr un cilindro aceptable. Probablemente lo habría conseguido liar de no haber sido por el codazo con el que Miñambres hizo que desparramara el tabaco por la mesa.

—Me voy a cagar en la madre que te parió —rezongó.

El cabo Miñambres, lejos de darse por aludido, esbozó una sonrisa en la que faltaban una paleta superior y un incisivo inferior.

—¡Que ya, comisario, que ya es la hora! —exclamó, entusiasmado, señalando al tabernero que peleaba con los mandos de una enorme radio, forcejeando con las ruletas del aparato.

Aquella música épica soviética que tan de moda estaba y tanto tocaba los cojones al comisario se mezclaba con carcajadas, golpes de vasos, pasos torpes.

Salazar se sirvió más licor y lo dejó resbalar por la garganta con un trago largo. Echó un vistazo a los parroquianos. Se levantó pesadamente, desenfundó el Nagant y disparó al techo.

Estampido seco, brutal.

El yeso cayó como una nevada sucia sobre la mesa, y por un segundo hasta la radio se quedó muda.

—Se me van a callar todos ustedes, por favor —gritó con tono ronco, mientras Miñambres, sonriente, acariciaba el gatillo del Naranjero sin quitar la vista al grupito de oficiales de marina, a los que, como por azar, apuntaba el subfusil.

Agradecido por el repentino silencio, el tabernero lanzó un saludo amistoso a Salazar y se enfrascó de nuevo en los controles de la radio. Esta vez tuvo fortuna: el volumen aumentó justo cuando el himno de Riego comenzaba a sonar.

Salazar enfundó el pistolón y cayó en la silla. Crujió la radio. La Pasionaria invadió las ondas. El sonido tembló un instante, distorsionado por la estática, y luego llegó con nitidez y potencia:

—¡Obreros! ¡Campesinos! ¡Antifascistas! ¡Españoles patriotas!... En el día de hoy, primero de abril de 1939, cautivo y desarmado el ejército fascista, las tropas de la República Democrática Española han alcanzado todos sus objetivos y puesto fin al fascismo en España. La guerra ha terminado. ¡Viva la República del pueblo!

El bar estalló. Vivas a la República, a Rusia, a Stalin, al glorioso ejército popular. La emoción era tal que algunos reían mientras lloraban; otros repartían abrazos sin conocerse. Desde la barra, el dueño anunció a gritos una ronda para todos, y la parroquia enloqueció todavía más.

Salazar apuró el vaso de un trago. El anís le quemó la garganta, pero el calor no llegó más allá. A su alrededor, rostros desconocidos gritaban palabras que ya no entendía, como si hablaran un idioma que hubiera olvidado en algún puente del Jarama. Rellenó su vaso y, luego, el de Miñambres, sin apartar la vista de la botella.

—Bebe, cabo, bebe…

Miñambres no se hizo de rogar y se atizó un buen trago de anís.

—Joder, comisario. Tanto hablar del final y ahora que se acabó... —Dejó la frase en el aire, mirando el cristal vacío entre sus manos.

Salazar sonrió. Conocía bien a ese duro guerrero al que aterraba más volver a plantar alubias en su Ponferrada natal que la vida militar.

—Yo, por lo pronto, me voy a enchufar esta botella —dijo, llenando de nuevo el vaso—. Y puede que otra. ¿Te acuerdas de dónde queda la pensión?

Miñambres asintió.

—Si ves que me quiero liar a hostias con los marinos, o si me desmayo, ¿me llevarás?

—Tranquilo, jefe. Te arrastro yo si hace falta —zanjó el berciano.

Pero, dos horas después, el cabo se sumó con entusiasmo al reparto de hostias contra los oficiales de marina, del que Salazar solo recordaría el sabor a sangre y anís, el crujido de nudillos contra hueso, las voces que gritaban su nombre desde el fondo de un túnel y el frío del suelo contra la mejilla cuando todo se fue a negro.

Aún no eran las diez de la noche cuando la Guardia de Asalto hizo acto de presencia. No tuvo que emplearse con rigor: tanto el comisario como el cabo dormían la borrachera, magullados y apoyados en una mesa, protegidos por veteranos del V Regimiento que habían tomado partido por ellos en el tumulto.

Mientras Madrid era una fiesta nocturna descontrolada y jubilosa que celebraba la victoria de la República y el fin de la guerra, Salazar y Miñambres dormían la mona en el calabozo.

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